¡Prefieren medicarte a escuchar!

Prefieren medicarte 😲

Hay una imagen que circula estos días con el rostro serio de un hombre de barbas grises, traje marrón y corbata azul. El título que la acompaña no deja lugar a dudas: Prefieren medicarte (a escuchar). Debajo, el nombre del doctor José Luis Marín. Y esto no es un eslogan vacío. Es el resumen de décadas de consulta, de observación y de una interpelación creciente frente a cómo se trata el sufrimiento humano.

José Luis Marín es médico psicoterapeuta, con más de cuarenta años de práctica clínica. Preside el Foro Internacional para la Formación en Psicoterapia y es presidente de honor de la Sociedad Española de Medicina Psicosomática y Psicoterapia. Su trayectoria no es la de un disidente de gabinete. Fue miembro de la Asociación Americana de Psiquiatría durante un cuarto de siglo, conocía los manuales diagnósticos por dentro y, sin embargo, llegó a la conclusión de que algo se había torcido de raíz.

Lo que sostiene Marín es simple y demoledor, el sistema sanitario, tal como está organizado, prefiere medicarte antes que escucharte. No porque los médicos sean malos. Al contrario, él mismo dice que los médicos son las primeras víctimas de un modelo que los convierte en dispensadores de recetas.
Desde que el paciente abre la boca, pasan apenas diecinueve segundos hasta que lo interrumpen. El profesional escribe en la historia clínica, mira la pantalla, sigue el protocolo. No mira a los ojos. No tiene tiempo. Y el paciente, que vino a ser visto y oído, se va con una pastilla y una etiqueta.

Esa pastilla se justifica con una historia que se repitió hasta el cansancio, hay un desequilibrio químico en el cerebro. Falta serotonina, sobra dopamina, el cerebro está “descompensado”. Marín lo llama por su nombre: un mito. Un modelo de marketing que se popularizó en los años ochenta junto con los antidepresivos de nueva generación. Se le hizo creer a médicos, psicólogos y pacientes que la depresión funcionaba como la diabetes: un déficit que se corrige con una pastilla. Hoy sabemos que nunca se demostró que esa sea la causa.
Las alteraciones en los neurotransmisores pueden aparecer, sí, pero como consecuencia, no como origen. La depresión no está en el cerebro. Está en la vida.
Y acá llega el punto más polémico. Muchas de las llamadas enfermedades mentales son, para Marín, diagnósticos que medicalizan el sufrimiento ordinario. La tristeza, la ansiedad, el miedo, la rabia, el agotamiento de quien no llega a fin de mes o de quien carga con una historia de abandono, de silencios, de vínculos rotos. Se les pone nombre, se les da categoría en el DSM, se los convierte en trastorno. El diagnóstico estigmatiza. Define una vida. Y, lo peor, cierra la puerta a la pregunta que realmente importa, no “qué te pasa”, sino “qué te ha pasado”.

Los psicofármacos, insiste, no curan. Contienen. Producen estados mentales alterados que, en el momento de crisis, pueden ser preferibles al sufrimiento insoportable. Sirven como puente, como respiro. Pero cuando se prolongan años o décadas, cronifican. No restauran vínculos, no dan sentido, no modifican las condiciones de vida. Hay estudios y voces, incluida la de Marín, que señalan que cerca del noventa por ciento de los psicofármacos que se consumen no serían necesarios si hubiera tiempo, escucha y otra mirada.
El ser humano enferma, dice, porque nadie lo escucha. Porque el dolor no compartido se vuelve tóxico. Porque la soledad, la precariedad, las heridas de la infancia y la falta de mirada se acumulan hasta que el cuerpo o la mente gritan. Hablar es terapéutico. Siempre lo fue. Pero hace falta alguien del otro lado que mire, que no interrumpa a los diecinueve segundos, que entienda que no hay enfermedades, solo enfermos, y que cada enfermo es una historia que une cuerpo, emoción, biografía y mundo.

Marín no niega el sufrimiento. Lo reconoce como la primera causa de afectación en muchos países. Lo que rechaza es convertirlo en mercancía de una industria que prefiere la pastilla al vínculo. Prefieren medicarte. Porque escuchar lleva tiempo, exige presencia y no genera el mismo rendimiento. Acá, en este lado del mostrador, queda la pregunta que cada uno puede hacerse cuando le ofrecen la receta rápida: ¿me están mirando o me están silenciando?

Julio César Cháves

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