El cuerpo hablara por ti!

El cuerpo habla cuando la palabra calla
Hay dolores que no encuentran causa en ningún análisis clínico. Dolores de cabeza persistentes, contracturas que no ceden, problemas digestivos sin lesión orgánica, taquicardias que aparecen sin motivo aparente. La medicina los llama “funcionales” o “psicosomáticos”. El psicoanálisis, desde hace más de un siglo, los llama por su nombre: el cuerpo está diciendo lo que la conciencia no puede o no quiere decir.
Freud lo formuló con claridad en los primeros años de su práctica. En Estudios sobre la histeria (1895), escrito junto a Josef Breuer, ya aparece la idea central, el síntoma corporal es la expresión convertida de un afecto reprimido. La energía psíquica que no pudo descargarse por la vía de la palabra o de la acción queda atrapada y se descarga en el cuerpo. El cuerpo se convierte, entonces, en el escenario de lo que fue expulsado de la conciencia.
Uno de los casos más ilustrativos es el de Elisabeth von R., analizado en ese mismo libro. Una joven de buena posición que desarrolló intensos dolores en las piernas que la obligaban a permanecer casi inmóvil. No había lesión neurológica. Durante el tratamiento se reveló que aquellos dolores coincidían con el momento en que había sentido un deseo prohibido hacia el marido de su hermana, justo cuando ésta enfermaba gravemente.
El conflicto entre el afecto y la moral familiar no pudo ser pensado ni verbalizado. El cuerpo tomó la palabra, las piernas, que la habrían llevado hacia aquello que deseaba y al mismo tiempo temía, se negaron a moverse. La parálisis era, en realidad, una defensa y una confesión a la vez.
Otro ejemplo clásico es el de Dora, publicado por Freud en Fragmento de análisis de un caso de histeria (1905). La joven presentaba una tos nerviosa persistente, afonía y otros síntomas respiratorios. Detrás de ellos Freud descubrió una compleja trama de deseos y rechazos ligados a la relación con el señor K. y con la señora K., sumada a la identificación con el padre enfermo. La tos no era “solo nerviosa”, era la traducción somática de una escena de seducción y de un conflicto de lealtades que no podía ser enunciado abiertamente en el seno de aquella familia vienesa de principios del siglo XX.
Freud volvió una y otra vez sobre este mecanismo. En La interpretación de los sueños (1900) ya había mostrado cómo lo reprimido regresa disfrazado. En el caso de la conversión histérica, el disfraz es el cuerpo mismo. Más adelante, en Inhibición, síntoma y angustia (1926), precisó que el síntoma es una formación de compromiso, satisface parcialmente el deseo reprimido y, al mismo tiempo, lo castiga. El cuerpo paga el precio de esa negociación fallida entre el ello y las exigencias del yo y del superyó.
Y esto no se trata de negar la realidad biológica. El psicoanálisis nunca afirmó que “todo es psicológico”. Afirmó algo más preciso y más inquietante, que el sufrimiento psíquico no procesado puede encontrar vías de expresión en el cuerpo, y que esas vías no son arbitrarias.
El órgano o la función elegidos suelen estar simbólicamente vinculados con el conflicto. La garganta que se cierra cuando no se puede decir una verdad. El estómago que se revuelve cuando algo resulta “indigesto” emocionalmente. Las manos que duelen cuando no se pudo actuar.
Hoy, más de un siglo después, la clínica sigue encontrando estos mismos mecanismos bajo otros nombres. Pacientes que llegan con diagnósticos de fibromialgia, colon irritable, cefaleas tensionales crónicas o trastornos funcionales, y que, al comenzar a hablar de lo que nunca pudieron decir, duelos no elaborados, rencores familiares, deseos inconfesables, humillaciones silenciosas, ven cómo los síntomas empiezan a ceder. No porque “fuera inventado”, sino porque el cuerpo deja de tener que cargar solo con lo que la palabra no pudo sostener.
La somatización, vista desde el psicoanálisis, no es un fallo del organismo. Es un intento desesperado de comunicación. El cuerpo se pone a hablar en el único lenguaje que le queda disponible cuando la palabra ha sido censurada. Escuchar ese lenguaje no implica abandonar la medicina. Implica no contentarse con ella cuando el padecimiento insiste sin explicación orgánica suficiente. Implica reconocer que hay sufrimientos que solo se curan cuando finalmente encuentran quién los escuche en su dimensión psíquica.
El legado de Freud en este punto sigue siendo radical, el cuerpo no miente. Cuando callamos demasiado tiempo, él termina por gritar.
Julio César Cháves

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