
EL PODER NECESITA GENTE CONFUNDIDA
La política moderna no degrada al ciudadano por accidente, lo necesita degradado. No completamente ignorante, porque un idiota absoluto ni siquiera sirve para sostener la ficción democrática. Lo necesita lo bastante confuso como para repetir consignas, lo bastante ansioso como para reaccionar antes de comprender y lo bastante vacío como para llamar criterio a cualquier reflejo aprendido.
Durante siglos el poder temió al pueblo cuando pensaba. Hoy lo prefiere cansado, sobreestimulado y moralmente excitado. Un hombre así no examina el teatro, compra entrada, aplaude, insulta al bando contrario y vuelve a casa convencido de haber participado en la historia.
La política no quiere ciudadanos lúcidos. Quiere material utilizable, gente confundida. La fantasía más infantil del progresismo consiste en hacerle creer al ciudadano que todo este circo existe para educarlo cívicamente, como si partidos, campañas, asesores, plataformas y maquinaria propagandística hubieran sido creados para refinar el juicio de la población. Pero en realidad ocurre lo contrario. Cuanto más lúcido es un hombre, más molesto resulta para la coreografía del poder. El que piensa demasiado ralentiza la consigna, arruina el entusiasmo mecánico, exige coherencia donde solo había marketing y hace preguntas en un sistema construido precisamente para reemplazar preguntas por reflejos.
El progresismo contemporáneo y su versión más agresiva, el wokeismo, no necesitan un pueblo sabio. Necesitan un pueblo legible, masas previsibles, emocionalmente disponibles y lo bastante simplificadas como para confundir participación con obediencia decorada.
El modelo más útil no es el analfabeto político clásico, que al menos sabía que no sabía. El modelo es el semiforado, el saturado de titulares, el intoxicado de actualidad, el individuo que ha recogido suficientes palabras para simular criterio pero no la disciplina mental necesaria para sostener una idea más de veinte segundos.
Esa degradación tiene un blanco privilegiado: LA FAMILIA TRADICIONAL. Roger Scruton lo entendió con claridad. En Cómo ser conservador (2018) recordaba que la familia es la institución central mediante la cual las sociedades se reproducen y transmiten el conocimiento moral a los jóvenes. No es un contrato voluntario entre individuos autónomos, sino un vínculo anterior a la elección, un lazo trascendente. Cuando el progresismo ataca esa estructura, presentándola como opresión patriarcal, cárcel de identidades o obstáculo para la “diversidad”, no busca liberar a nadie. Busca desarmar el último espacio donde todavía se forma criterio, responsabilidad y memoria.
Agustín Laje y Nicolás Márquez lo dijeron sin eufemismos en El Libro Negro de la Nueva Izquierda (2016): “La nueva izquierda no busca más secuestrar empresarios sino el sentido común; no persigue tomar una fábrica sino la cátedra, y ya no trata de confiscar cuentas bancarias sino la manera de pensar”.
La ideología de género, el indigenismo de ocasión y el victimismo permanente son las herramientas de esa operación. No educan, desconfiguran. No emancipan, fragmentan. Convierten al ciudadano en un conjunto de agravios listos para ser administrados.
Áxel Kaiser, en La Neo-inquisición (2020), describe el mecanismo con precisión y dice que se trata de una práctica cultural que busca la destrucción reputacional, la censura y hasta la sanción de quienes no adhieran a la ideología identitaria. El resultado es una sociedad de semiforados emocionales, incapaces de sostener una conversación sin gritar “fobia” o “odio”. El poder celebra esa fragilidad.
Un pueblo que se ofende con facilidad es un pueblo que obedece con facilidad.
La estrategia es simple. Se llena el espacio público de ideologías basura que degradan la dignidad humana, se relativiza la biología, se ridiculiza la transmisión intergeneracional, se presenta la tradición como sospechosa y la normalidad como violencia. Luego se ofrece la “participación” como consuelo. El ciudadano cree que está cambiando el mundo cuando solo está confirmando el guion.
Scruton insistía en que el conservadurismo es la filosofía del apego, amor a lo que existe, a lo heredado, a lo que nos hace posibles. Frente a eso, el progresismo y el wokeismo proponen el desarraigo sistemático. Quieren masas sin memoria, sin familia y sin criterio. Porque solo así el teatro sigue funcionando.
Julio César Cháves
#política #progresismo #wokeismo #familia #Scruton #Laje #Kaiser #cultura #ideología #ciudadanía
Ver menos
— con Benjamin Chaves y
5 personas más en Bs.As.- Argentina.
