EL OBJETIVO ESDESTRUIR A LA MUJER

EL OBJETIVO ES DESTRUIR A LA MUJER

Hay una paradoja que casi nadie se anima a nombrar. El movimiento que se presenta como defensor de la mujer es, en la práctica, el que más empeñado está en borrarla. No como metáfora. Como programa ideológico concreto, con consecuencias medibles en la salud mental, en los vínculos y en la estructura social.

Sarab Rey, antropóloga de referencia en el mundo hispanohablante, lo plantea sin vueltas. Intentar convencer a varias generaciones de que hombres y mujeres somos intercambiables no es liberación. Es una mentira. Y las mentiras, cuando se instalan por repetición, terminan funcionando como verdad en el cerebro, aunque sean falsas. La neurociencia lo confirma una y otra vez.

El feminismo contemporáneo no combate la desigualdad. Combate la diferencia. Y eso es otra cosa completamente distinta.

La diferencia entre hombres y mujeres no es solo cultural. Es neuroendocrina. Los hombres producen entre diez y veinte veces más testosterona que las mujeres. Eso no es opinión. Es un hecho medible en cualquier laboratorio. Las mujeres operamos con ciclos hormonales de una complejidad que no tiene equivalente masculino: progesterona, estrógenos y niveles de oxitocina que configuran formas de procesar el mundo radicalmente distintas. El cerebro femenino integra. El masculino acciona. Uno conecta hemisferios. El otro acelera dentro del mismo hemisferio hacia la respuesta. Son dos arquitecturas complementarias, no jerarquizadas.

Natalia López Moratalla, catedrática de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Navarra, lo documentó con claridad en su trabajo sobre el cerebro de mujer y el cerebro de varón. El cableado es distinto. En ellas, cualquier acción pasa con más frecuencia por las zonas que procesan emociones. En ellos, la conectividad es más lineal, de adelante hacia atrás. No se trata de estereotipos. Se trata de estrategias biológicas diferentes para resolver las mismas tareas.

Ignacio Morgado, neurocientífico español, suma datos sobre la conectividad: los hombres muestran mejor comunicación dentro de cada hemisferio, las mujeres entre hemisferios. Resultado: ellas más intuitivas e integradoras, ellos más focalizados y coordinados en ciertas tareas.

La revisión sistemática de Geniole y su equipo, publicada en 2020 después de dos décadas de investigación, desarmó uno de los mitos más rentables del feminismo ideológico: que la testosterona produce agresividad automática. No. Más testosterona, en contextos de seguridad psicológica, genera actitudes prosociales y de protección. La masculinidad por diseño no apunta a la dominación del otro. Apunta al sacrificio por los propios. La vasopresina, la hormona que lleva a un hombre a pararse frente a un auto para proteger a un niño que cruza la calle, es la que el feminismo lleva décadas intentando patologizar bajo el nombre de “masculinidad tóxica”.

Lo que se llama masculinidad tóxica es, en la mayoría de los casos, masculinidad herida. No masculinidad por diseño.

Sarab Rey señala algo que interpela con fuerza. La misma ideología que celebra la diversidad en los equipos de trabajo, que tiene datos empíricos que demuestran que la heterogeneidad mejora los resultados, es la misma que niega que hombres y mujeres seamos diferentes por naturaleza. La contradicción no es accidental. Es estructural. Porque si la diferencia es real y complementaria, entonces la familia tiene sentido. Y si la familia tiene sentido, el proyecto de ingeniería social se cae.

Acá está el núcleo del problema. La unidad mínima de la sociedad no es el individuo. Es la familia. Destruir la noción de complementariedad entre hombres y mujeres equivale a destruir la base desde la cual se construye todo lo demás. Estudios longitudinales sobre apego, como los de Fraley y colaboradores, muestran que los niños que crecen sin la presencia estable de padre y madre desarrollan con mayor frecuencia apego inseguro en la adultez, ya sea ansioso o evitativo. Eso no es un juicio moral. Es un marcador que predice cómo esa persona va a vincularse, cómo va a tolerar el conflicto, qué tipo de trabajo va a conseguir y hasta su incidencia en enfermedades físicas. La infancia que tenemos determina en buena medida los marcadores de salud que vamos a tener el resto de la vida.

El feminismo contemporáneo no lucha contra eso. Lo promueve. Fragmenta el vínculo. Presenta al hombre como amenaza estructural. Forma mujeres convencidas de que no necesitan a nadie, mientras al mismo tiempo las deja solas, con apego ansioso o evitativo, sin saber por qué sus relaciones no funcionan. Y lo más grave: les está robando, lamentablemente, la oportunidad de ser madres. Convence a muchas de que la maternidad es una trampa, un obstáculo o una forma de opresión, cuando en realidad es una de las expresiones más profundas de la arquitectura neuroendocrina femenina. El resultado es una generación de mujeres que llegan a la adultez con el reloj biológico avanzado, sin red de contención y con la sensación de haber perdido algo que nadie les advirtió que era irrecuperable.

La feminidad no es el rosa ni la cocina ni la sumisión. Es la consecuencia de una realidad neuroendocrina que lleva a integrar, a vincular, a sostener emocionalmente lo que el otro acciona. Es una arquitectura de una complejidad extraordinaria que el feminismo redujo primero a estereotipo, luego a opresión y finalmente a construcción cultural arbitraria. Tres movimientos para vaciarla de contenido real.

La biología no es una opinión. Y cada vez que en la historia se puso la ideología por encima de la biología, el resultado fue sufrimiento concreto en personas concretas. No en abstracto. En cuerpos. En vínculos. En infancias. La mujer que el feminismo promete liberar es una mujer a la que previamente le arrancaron la comprensión de lo que es. No se libera a nadie borrándolo.

Julio César Cháves

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