¿ESTAS CANSADO DE FINGIR FELICIDAD?

¿Estás cansado de fingir felicidad?

Te describo la imagen. Un payaso de mirada vacía se tira de las comisuras de la boca con los dedos enguantados. Fuerza una sonrisa enorme mientras a su alrededor una multitud ríe a carcajadas. Carpas de circo, luces, una noria al fondo. Todo brilla. Él no.

La vida, desde hace siglos, se parece demasiado a un teatro. Shakespeare lo escribió: “El mundo entero es un escenario, y todos los hombres y mujeres meros actores”. Cada uno tiene su entrada y su salida. Representamos papeles. El del buen hijo, el del trabajador impecable, el del amigo siempre disponible, el del esposo que nunca se queja. Sonreímos cuando el libreto lo exige. Aplaudimos cuando toca. Y cuando cae el telón, a veces no sabemos quién queda detrás.

Fingir felicidad se volvió un hábito casi automático. No es que uno se levante y decida mentir. Es más sutil. Aprendemos desde chicos que ciertas emociones no se muestran. La tristeza incomoda. La rabia asusta. La duda debilita. Entonces levantamos la máscara. La misma que el payaso de la imagen se estira con los dedos. Una sonrisa que no nace adentro, sino que se coloca desde afuera.

El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung llamó a esa máscara “persona”. La palabra viene del teatro griego antiguo, era la careta que usaban los actores para que el público reconociera el personaje. Jung escribió que la persona es “un complicado sistema de relaciones entre la conciencia individual y la sociedad, una especie de máscara diseñada por un lado para causar una impresión definida en los demás y, por el otro, para ocultar la verdadera naturaleza del individuo”. Y no es un defecto. Es una herramienta de adaptación. El problema aparece cuando la máscara se pega tanto a la cara que uno termina creyendo que es su piel.

Algo parecido describió el psicoanalista británico Donald Winnicott con el concepto de “falso self”. Según él, el falso self nace cuando el entorno no sostiene lo que realmente somos. Entonces el niño (y después el adulto) aprende a mostrar solo lo que el otro espera. Winnicott lo dijo con claridad: “El falso self tiene una función positiva y muy importante: ocultar al verdadero self, lo cual hace mediante la sumisión a las exigencias del entorno”. En su versión saludable sirve para convivir.
En la versión extrema se vuelve una cárcel. La persona puede parecer funcional, educada, siempre contenta, pero por dentro se siente irreal. Como si la vida no valiera la pena ser vivida.
Esa es la fatiga que se siente en la mirada del payaso. No es cansancio físico. Es el peso de sostener el papel mientras el público ríe. Es la distancia cada vez más grande entre lo que se muestra y lo que se es.
Uno puede pasar años así. En el trabajo, en la familia, en las redes sociales. Publicando fotos de sonrisas perfectas. Contestando “todo bien” cuando no lo está. Riendo de chistes que no le hacen gracia. Y un día se mira al espejo y no reconoce al que está del otro lado.

El circo sigue. Las luces no se apagan. La gente aplaude. Pero el que está en el centro del escenario sabe que la sonrisa le duele en los dedos. Porque no es suya. Es prestada.

Salir de esa representación no significa tirar la máscara y gritar todo lo que se guarda. A veces la persona sigue siendo necesaria. Lo que cambia es la distancia. Saber cuándo se está actuando y cuándo se está siendo. Permitirse, aunque sea en momentos cortos, bajar las comisuras de la boca. No forzar la risa. No explicar la tristeza. Simplemente estar.

La imagen pregunta: ¿Estás cansado de fingir felicidad? Sé que la respuesta no se grita, se susurra para que no te escuchen. Y a veces se contesta con un silencio largo frente al espejo, sin dedos que estiren la boca, sin público que aplauda. Solo uno y la cara que realmente tiene. Ese momento, por pequeño que sea, ya es un paso fuera del escenario.

Julio César Cháves

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