LOS IDOLOS DEL TIEMPO FINAL!

Los ídolos del tiempo final

 Las personas con discapacidades físicas van a poder operar cuerpos completamente sintéticos. Eso genera esperanzas reales. Los sustitutos se vuelven accesibles para todo el mundo y cambian el estilo de vida de raíz. La posibilidad de salir de casa sin riesgo de enfermedad ni heridas, de verse perfecta sin gimnasio ni cirugía, suena liberadora.

 Según BSI, el líder mundial en manufactura, el 98 por ciento de la población terminará usando estos cuerpos para casi todo. Pero existe una minoría que se opone y pide límites. Muchos van a sentir que se trata de una invasión de no humanos. La sustitución les parece una perversión, una adicción. “Están muertos”, dicen. “Murieron el día que se conectaron a las máquinas.”

Hay un verso escondido en las Escrituras que la humanidad leyó durante siglos sin captar su verdadero peso. Un pasaje que muchos predicadores usaron para hablar del matrimonio, pero que en realidad apunta a algo mucho más oscuro sobre lo que va a ocurrir en la Tierra después del arrebatamiento.

Todo arranca en Segunda Corintios 6:14. Pablo escribe: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos, porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas?” Durante generaciones se enseñó que el texto habla solo del matrimonio entre creyente e incrédulo. Esa aplicación es válida, pero el contexto completo revela otra capa. Pablo construye una serie de opuestos exactos, luz contra tinieblas, Cristo contra Belial, justicia contra injusticia. Y llega al versículo 16: “¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente.”

Si el apóstol viene comparando realidades concretas, el templo de Dios (nuestro cuerpo) no se enfrenta a una estatua de yeso. Se enfrenta a otro cuerpo real, fabricado por manos humanas. Ese es el yugo desigual del tiempo final, no con una persona sin fe, sino con una creación tecnológica diseñada para imitar al hombre. 

🗣️ Un cuerpo vacío al que llamarán clon, androide o cyborg. La Escritura anuncia que la humanidad tendrá la opción de unirse, de conectar, de descargar su conciencia en un contenedor que no es el templo que Dios diseñó, sino el ídolo que el enemigo fabricó como imitación.

El Salmo 115, versículos 4 al 8, completa el cuadro. “Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombres. Tienen boca, y no hablan; tienen ojos, y no ven; tienen orejas, y no oyen; tienen manos, y no palpan; tienen pies, y no andan.” Durante siglos se pensó en estatuas decoradas. Pero el texto no dice que la boca fue pintada. Dice que la boca existe y no habla, que los ojos existen y no ven. Solo tiene sentido si hablamos de órganos reales que carecen de una sola cosa, el aliento de vida que únicamente Dios otorga. La diferencia entre el ser humano creado por Dios y el cuerpo fabricado por el hombre es exactamente esa. Ambos pueden tener forma perfecta. Solo uno tiene espíritu.

El salmo cierra con una advertencia que hoy debería hacer ruido: “Semejantes a ellos son los que los hacen, y cualquiera que confía en ellos.” Quien decide unirse a estas creaciones, quien descarga su conciencia o deposita su confianza en un cuerpo sin espíritu, termina volviéndose semejante a ese ídolo: vacío por dentro.

La pieza final aparece en el libro de Apocalipsis, capítulo 9, versículo 20. Después de las plagas más devastadoras que la Tierra haya visto, los que sobrevivan “no se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de adorar a los demonios y a las imágenes de oro, de plata, de bronce, de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar.” 
No se trata de una tecnología pasajera. Se trata de una adicción espiritual tan profunda que ni el juicio más severo logra romperla.

La élite cultural lleva décadas preparando el terreno. La película Los sustitutos (2009) lo muestra con certeza profética. Bruce Willis interpreta a un agente del FBI en un mundo donde el 98 por ciento de la población vive a través de cuerpos robóticos perfectos. La gente se queda en casa, conectada a una máquina, y manda a la calle una versión mejorada de sí misma, sin enfermedades, sin envejecimiento, sin riesgo físico. Hay una minoría que se niega a conectarse y vive en zonas aisladas. El conflicto gira alrededor de si esa tecnología es liberación o una forma sofisticada de muerte en vida. Cuando el sistema se cae, queda al descubierto lo que la gente realmente es, cuerpos atrofiados, mentes adictas a la ilusión de perfección. La película no romantiza del todo la idea. La presenta como una adicción colectiva.

Otras producciones como El sexto día, Carbono alterado o Blade Runner 2049 repiten una y otra vez la misma imagen, descargar la conciencia en un cuerpo artificial es normal, deseable, incluso liberador. La Biblia lo llama de otra manera, aberración, idolatría, yugo desigual entre el templo de Dios y la obra de las manos del hombre. Los tres textos bíblicos encajan. El yugo desigual de Pablo, los cuerpos huecos del Salmo 115 y el rechazo final del libro de Apocalipsis 9:20 forman una sola advertencia. No es teoría aislada. Es una profecía que empieza a materializarse.

Julio César Cháves

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