
ATENTI, NENA, QUE EL TIEMPO PASA
Las aguafuertes porteñas de Roberto Arlt no eran crónicas decorativas. Eran grabados a ácido sobre la vida de Buenos Aires. Entre 1928 y 1935, en el diario El Mundo, Arlt salía a la calle, subía a un tranvía, se sentaba en un café y escribía lo que veía con la misma crudeza con la que un grabador muerde el metal. No embellecía. Registraba. Y entre esas notas aparece una que sigue cortando: ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa!
Arlt nació en 1900 en el barrio de Flores, hijo de inmigrantes. Trabajó de lo que viniera, mecánico, peón, vendedor. Publicó novelas que todavía duelen, El juguete rabioso, Los siete locos, pero el sustento lo sacaba de la prensa. Las aguafuertes eran su laboratorio diario. Escribía en un idioma que no era castellano de diccionario sino porteño de vereda: lunfardo, bronca, ironía. Observaba a la gente como quien observa insectos bajo el microscopio y después les devolvía el retrato sin anestesia.
En esa aguafuerte concreta, Arlt va en el tranvía y mira a una muchacha que viaja junto a su novio. Ella casi no habla. Mueve la cabeza como mula noriega. Se hace la interesante. Él conversa al ñudo. Y Arlt, desde su asiento, le habla mentalmente: "El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a todos los otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guante de vieja o traje de cesante."
Y más adelante agrega: "¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la circulación." Y cierra con la frase que da título a todo: "¡Atenti, nena; que el tiempo no vuelve!"
Casi un siglo después, la advertencia sigue intacta. Uno camina por la ciudad —por Chacabuco, por cualquier pueblo o capital del interior— y ve lo mismo que vio Arlt, solo que ahora el tranvía es el colectivo o remis y la “nena” tiene Instagram. Hay una generación entera que se mueve como si la juventud fuera un contrato a perpetuidad. Se maquillan, se operan, se filtran, se aferran a la foto de hace diez años. Creen que el tiempo es una opción, no una dirección.Yo miro a los de mi edad y veo el cambio sin anestesia. Rostros que antes eran lisos ahora tienen surcos. Canas que aparecen de golpe, no como detalle decorativo sino como evidencia.
Algunos que eran invencibles a los veinticinco ya no están. Se fueron de un día para el otro: accidente, enfermedad, silencio. Otros andan con el cuerpo marcado por operaciones, por tratamientos, por cansancio que no se oculta con ningún filtro. Hay quienes partieron del pueblo y nunca volvieron. Hay quienes se quedaron y se fueron apagando de a poco.
La ilusión es siempre la misma: “A mí no me va a pasar”. Como si el envejecimiento fuera un castigo que se aplica solo a los demás. Como si uno pudiera negociar con los años. Arlt ya lo había dicho sin rodeos, el stock de giles merma todos los días. Algunos se mueren. Otros se avivan. Pero nadie se queda quieto en el mismo lugar.Y lo más duro no es ver las arrugas en el espejo. Es ver a los que todavía se creen eternos y se comportan en consecuencia, desprecian lo que tienen, postergán lo que importa, tratan al tiempo como si fuera infinito.
🗣️ Atenti, nena. Atenti, pibe. El tiempo no espera, sigue su curso. No avisa con anticipación. No negocia. Pasa al galope y con bronca, exactamente como escribió Arlt.
Uno puede reírse de la frase, decir que es de otra época, que ahora todo es distinto. Pero el rostro de los que tenían tu edad hace quince años y hoy ya no la tienen sigue estando ahí, en la esquina, en el cementerio, en la cama de un hospital. El tiempo no se discute. Se observa. Y cuando uno lo observa de verdad, deja de hacerse el interesante.
Atenti, nena, que el tiempo pasa. Y esta vez no hay combinación que te salve.Julio César Cháves
