
Alerta climática, cómo prepararnos ante el Niño histórico de 2026
Miramos el cielo y el mar y sentimos que algo grande se mueve. En estos días de octubre de 2026 los reportes de la NOAA y de la Organización Meteorológica Mundial coinciden, el fenómeno de El Niño se intensifica con fuerza inusual. Las anomalías de temperatura en el Pacífico ecuatorial ya superan los 3 grados en varias mediciones semanales y las proyecciones apuntan a un pico cercano a los 3,7 grados hacia diciembre. Hay un 83 por ciento de probabilidad de que este episodio sea el más intenso registrado desde 1950. Lluvias extremas en algunas regiones, sequías en otras, olas de calor y el mar más agitado de lo habitual.
Cuando tenía diecinueve años leí por primera vez las profecías que hablaban de signos en la tierra y en el cielo. Hoy tengo cuarenta y ocho. Han pasado casi tres décadas y aquellas palabras que entonces sonaban lejanas hoy se sienten cercanas. Y no se trata de alarmismo ni de fechas mágicas. Se trata de prestar atención a lo que está escrito y a lo que está ocurriendo al mismo tiempo.
La Biblia no habla de “cambio climático” con el lenguaje de los informes científicos actuales, pero sí describe un tiempo de convulsiones naturales. Jesús dijo en Mateo 24:7: “Habrá hambres y terremotos en diversos lugares”. En Lucas 21:11 agregó: “Habrá grandes terremotos, y en diversos lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo”. Un poco más adelante, en el mismo capítulo, el versículo 25 señala: “Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las naciones, en perplejidad a causa del bramido del mar y de las olas”. El bramido del mar y de las olas. Eso suena familiar cuando vemos las proyecciones de un Niño de esta magnitud.
Isaías 24:19-20 pinta un cuadro aún más fuerte: “La tierra será del todo quebrantada, la tierra será enteramente desmenuzada, la tierra será en gran manera conmovida. Temblará la tierra como un borracho, y será removida como una choza”. Esto que digo es una descripción de un planeta que se mueve fuera de su equilibrio habitual. Y en Apocalipsis 6:12 se menciona un gran terremoto acompañado de signos en el cielo. Estos textos no están puestos para generar pánico. Están puestos para que estemos despiertos.
Cuando leí esas páginas a los diecinueve no entendía del todo la dimensión. Hoy, con casi tres décadas más de vida, veo que la preparación no es solo comprar agua y linternas. La preparación empieza por adentro. Saber que los fenómenos naturales intensos forman parte del panorama que se anunció. No significa que cada tormenta sea el fin. Significa que el clima extremo deja de ser sorpresa y se convierte en señal de que vivimos tiempos particulares.
¿Cómo prepararnos entonces?
Primero, con información seria. Seguir los reportes oficiales, no solo los titulares sensacionalistas.
Segundo, con previsión práctica, revisar instalaciones, tener planes familiares claros, cuidar el agua y los alimentos en zonas vulnerables.
Tercero, y esto es lo que más me importa, con claridad interior. Las mismas Escrituras que hablan de temblores y olas también hablan de no temer. El Salmo 46 dice que aunque la tierra sea removida y los montes se trasladen al corazón del mar, hay un refugio.
El Niño de 2026 puede ser histórico. Puede traer lluvias torrenciales en el sur de Sudamérica, sequías en otras latitudes y un verano más caliente de lo normal. Puede afectar cosechas, precios y la vida cotidiana de millones. Pero también puede ser una oportunidad para recordar que no estamos solos frente a lo que se viene. Las palabras que leí a los diecinueve años hoy, a los cuarenta y ocho, me devuelven una certeza, lo que se anuncia no es solo destrucción. Es también llamado a estar listos.
La alerta climática no es solo un mapa de colores en la televisión. Es una invitación a mirar más allá de la tormenta. A prepararnos por fuera y por dentro. Porque el bramido del mar ya se escucha, y las señales siguen llegando.Julio César Cháves
