
¿Qué le hicimos a la belleza?
Mirá la imagen que encontré en internet. Tres filas. Tres épocas. Tres versiones de lo que alguna vez se llamó “mujer”. Arriba, los años 50 y 60, con mujeres con rostros serenos, sonrisas naturales, peinados que respetaban la estructura del cabello, cuellos largos, hombros descubiertos sin gritos. Mujeres que no necesitaban explicar nada. La belleza estaba ahí, quieta, sin esfuerzo visible. Después vienen los 80, que son la época de volumen, color, rulos, jeans, sonrisas amplias. Todavía se reconocía a cada una. Había personalidad. Había diferencia. Había vida.
Y abajo, 2026. Labios que ya no son labios. Mejillas que parecen rellenas de aire. Ojos alargados hasta perder la expresión. Piel de plástico brillante. Todas iguales. Todas mirando el celular. Todas con la misma cara de “ya no soy yo, soy el filtro hecho carne”.Esto que digo no lo digo por nostalgia barata. Cada época tuvo lo suyo. Los 50 también escondían opresión y roles rígidos. Los 80 tenían exceso y artificialidad. Pero acá no estamos hablando de moda pasajera. Estamos hablando de una transformación profunda del gusto. Y, lamentablemente, la mujer, o al menos el ideal de mujer que se vende y se compra, cambió para mal. No para bien.
La verdadera belleza nunca fue simetría perfecta ni volumen exagerado. Fue proporción, expresión, presencia. Fue esa cosa difícil de explicar que hace que alguien se te quede grabado en la memoria sin necesidad de filtros. Hoy esa idea está en peligro de extinción. Lo que se premia es la homogeneidad quirúrgica. El cuerpo se convirtió en un producto que hay que actualizar todo el tiempo, como el celular.
Zygmunt Bauman lo vio venir con una claridad en su libro Modernidad líquida, donde dijo que nada está hecho para durar. Ni los vínculos, ni los trabajos, ni los cuerpos. El cuerpo se volvió mercancía. Ya no es el lugar donde habitamos, es el escaparate que debemos renovar sin cesar. Bauman escribió que en la cultura contemporánea de consumo rige el precepto “si puedes hacerlo, debes hacerlo”. Y la cirugía estética se convirtió en el negocio perfecto de esa lógica. No hay límite. Siempre se puede un poco más de relleno, un poco más de lifting, un poco más de labio. Hasta que el rostro deja de ser humano y se transforma en caricatura.
Los expertos en belleza que todavía tienen sentido común lo dicen con otras palabras. Cirujanos plásticos serios advierten que el 95 % de las fotos de “antes y después” en redes no son reales. Que los filtros crearon un canon global imposible. Que la gente ya no busca realzar su estructura, sino borrar su identidad para parecerse a un promedio algorítmico. La belleza natural, esa que incluye poros, asimetrías leves, expresión real, se volvió sospechosa. Casi un defecto.Lo más triste no es que existan las intervenciones. Es que el gusto se haya empobrecido hasta el punto de preferir lo extremo. Preferir el exceso a la armonía. Preferir la máscara a la cara. Preferir la tendencia a la persona.
Cada época tiene su precio. Los 50 pagaron con corsets y silencio. Los 80 pagaron con laca y exceso de maquillaje. Nosotros estamos pagando con la pérdida de la singularidad. Estamos aceptando que la belleza ya no es algo que se posee, sino algo que se compra y se renueva hasta que el original desaparece.
Quizá el verdadero lujo de los próximos años no sea tener labios perfectos ni pómulos de Instagram. Quizá sea volver a tener una cara que se reconozca en el espejo. Una cara que diga “esta soy yo” y no “esta es la versión 4.7 del filtro de moda”. Porque cuando todas se parecen, ninguna se destaca. Y cuando la belleza se vuelve uniforme, deja de ser belleza.Julio César Cháves
