
CHALECOS DE FUERZA QUÍMICOS
Cuando una planta no crece o se le secan las hojas, a nadie en su sano juicio se le ocurre inyectarle psicofármacos al tallo, revisás la tierra, te fijás si tiene agua, si le falta luz o si la maceta le quedó chica. Sin embargo, cuando un pibe hoy no encaja, se aburre, se mueve o no aprende en la escuela, en lugar de revisar el entorno, le declaramos defectuoso el cerebro y lo mandamos derecho a la farmacia. Es de una hipocresía brutal.
Pretendemos meter a chicos nacidos en el siglo XXI, bombardeados de estímulos desde la cuna, adentro de aulas diseñadas en el siglo XIX donde tienen que pasar cuatro o cinco horas sentados, callados, inmóviles y mirando la nuca del compañero frente a un pizarrón estático. Y cuando el cuerpo del niño grita que así no puede aprender, en vez de cambiar la escuela o revisar la casa, le recetamos un chaleco de fuerza químico para que no moleste.
Estando a un paso de recibirme de psicopedagogo, y habiendo trabajado toda mi vida con las manos como electricista, plomero y gasista, veo esta locura desde las dos veredas y me indigna. Un chico no es un florero que tiene que quedarse quieto para decorar el aula; un niño es energía en movimiento que aprende haciendo, tocando, desarmando, equivocándose y usando el cuerpo.
Como bien denuncia el psiquiatra infantil Juan Vasen en su libro Una nueva epidemia de nombres impropios (2011), hemos caído en la trampa de confundir los problemas de la crianza y de una escuela obsoleta con enfermedades mentales. Le ponemos siglas rimbombantes a la vitalidad infantil porque a los adultos nos resulta mucho más cómodo y barato darle una pastilla a las ocho de la mañana que sentarnos a repensar cómo enseñamos, cómo criamos y qué hacemos con nuestra propia falta de paciencia.
Y lo más grave y perverso de esta domesticación farmacológica no es solo que apagamos la chispa hoy, sino el monstruo que estamos fabricando para mañana. La doctora en psicología Gabriela Dueñas, en su obra Los niños en peligro (2013), y el neurólogo León Benasayag en ADDH: Niños con déficit de atención e hiperactividad ¿Una patología de mercado? (2007), advierten con total crudeza cómo estamos hipotecando el futuro de los pibes para satisfacer la urgencia de un sistema que exige rendimiento inmediato sin chistar. Pensemos un segundo con sentido común, si a un nene de siete u ocho años le instalamos en la cabeza la idea de que para poder prestar atención, para quedarse tranquilo o para ser aceptado necesita tragarse un comprimido todos los días, ¿qué clase de adulto estamos criando?
Estamos fabricando una generación de seres dependientes, desconectados de su propia voluntad y convencidos de que su mente vino fallada de fábrica.
Le estamos apagando el motor a los chicos en lugar de enseñarles a manejar el volante. La energía, la inquietud y hasta la rebeldía no son síntomas psiquiátricos que haya que anestesiar; son la materia prima con la que un ser humano construye su carácter, su curiosidad y su capacidad para resolver problemas reales en la vida.
En mi trabajo técnico lo veo todo el tiempo, para concentrarse de verdad hace falta propósito, hace falta ver que lo que hacés con tus manos y tu cabeza tiene sentido en el mundo real. Si a la mayoría de esos pibes que hoy diagnostican a las apuradas los sacás del pupitre eterno y los ponés a construir algo en un taller, a ensuciarse, a usar herramientas o a enfrentar desafíos reales, te aseguro que les sobra atención; lo que tienen es déficit de realidad y exceso de adultos apurados.
Ya basta de usar la química como atajo para tapar el fracaso de las instituciones y la falta de tiempo de las familias. Educar y criar da trabajo, exige presencia, pide límites claros y demanda tolerar el ruido de la vida. Un aula silenciosa llena de niños dopados y obedientes no es un logro pedagógico, es una sala de espera donde estamos anestesiando el futuro para que a los grandes no nos duela la cabeza hoy.
Julio César Cháves
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