¡ANALFABETOS PRACTICOS!

ANALFABETOS PRÁCTICOS

​Nos comimos durante décadas la mentira más estúpida de la modernidad, que ensuciarse las manos es de fracasados y que el éxito en la vida pasa exclusivamente por sentar el traste frente a una pantalla en una oficina con aire acondicionado. Le lavaron el cerebro a generaciones enteras haciéndoles creer que si no tenías un diploma colgado en el living no eras nadie, instalando un desprecio silencioso, clasista y cobarde hacia el tipo que sabe usar una herramienta. Y hoy estamos pagando las consecuencias de haber fabricado un ejército de soberbios que saben opinar de todo en las redes sociales, pero entran en pánico cuando les salta una térmica, tienen una pérdida de gas o se les rompe un caño en el baño.

​Hay que decirlo sin filtro y aunque duela, estamos rodeados de analfabetos prácticos. Gente que te habla en difícil, que te tira palabras en inglés y se cree intelectualmente superior, pero es absolutamente incapaz de resolver un problema elemental del mundo físico. Miran por encima del hombro al trabajador técnico como si usar el cuerpo fuera sinónimo de no usar el cerebro. Qué ignorancia. Y se lo digo con total conocimiento de causa, pisando los dos mundos, ya que estoy a punto de terminar la carrera de Psicopedagogía, me apasiona estudiar cómo aprende la mente humana, pero todos los días me calzo la ropa de trabajo y salgo a la calle como electricista, plomero y gasista. Sé perfectamente lo que pasa en un aula académica y lo que pasa adentro de una obra.

​Por todo esto me da risa cuando veo tanto cartón pintado haciéndose el importante. Richard Sennett lo explica magistralmente en su libro El artesano cuando demuestra que no hay divorcio entre la mano y la cabeza, el que trabaja la materia piensa, razona, anticipa y resuelve en tiempo real. Para calcular una carga térmica, entender cómo circula una corriente, diseñar una instalación segura que no te vuele la casa por los aires o encontrar una falla oculta detrás de una pared hace falta mucha más lógica espacial, más criterio técnico y más resolución de problemas reales que para llenar planillas mecánicas durante ocho horas seguidas.

Otro experto, Matthew Crawford, un doctor en filosofía que dejó un puesto de escritorio prestigioso para abrir su propio taller mecánico, lo dejó clarísimo en su obra El elogio del carburador, el trabajo manual te exige una honestidad brutal y una agudeza cognitiva que el humo de las oficinas corporativas ya perdió hace rato. En una instalación con tensión eléctrica o presión de gas no sirve el chamuyo ni el verso bonito; funciona o no funciona, es segura o es una trampa mortal.

​Y acá viene la verdad que más les arde a los defensores del estatus de cartón, hoy, los que tenemos un oficio y trabajamos con responsabilidad ganamos más que la gran mayoría de los profesionales con título. Mientras miles de graduados hacen fila por sueldos de miseria, precarizados detrás de un escritorio para cuidar las apariencias, el técnico matriculado que sabe lo que hace, que cumple y que resuelve lo que nadie más sabe resolver, cobra lo que vale su conocimiento y vive con una libertad económica y laboral que muchos licenciados apenas pueden soñar.

​Desde las escuelas y las familias seguimos empujando a los pibes hacia carreras saturadas solo para cuidar el apellido o la fotito de graduación, castrándoles la curiosidad manual y enseñándoles a tenerle asco al esfuerzo físico. Después lloran o se indignan cuando les pasamos un presupuesto, sin entender que no están pagando diez minutos de ajustar una tuerca, sino años de experiencia, estudio técnico, herramientas carísimas y responsabilidad civil sobre sus propias vidas.

Ya es hora de bajar del poni a tanta cátedra vacía y devolverle el respeto que se merece al que construye, repara y sostiene el mundo real todos los días. Porque cuando se corta la luz, se rompe un caño o hay olor a gas, ningún opinólogo digital te va a salvar las papas; te las va a salvar el tipo que abre la caja de herramientas, pone la cabeza a funcionar y sabe exactamente qué hacer con sus propias manos.

​Julio César Cháves

​#ElValorDelOficio#ManoYCabeza#CulturaDelTrabajo#VerdadesIncomodas#PsicopedagogiaYOficio

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