
CUANDO DIAGNOSTICAR SE VOLVIÓ UN NEGOCIO
Hay una pregunta que se repite cada vez con más fuerza en consultorios, aulas y redes sociales: ¿todos estamos enfermos? La imagen es elocuente. Un hombre mayor, sereno, con el gesto de quien ha visto demasiado, formula lo que muchos piensan: ¿ahora todo el mundo tiene problemas de salud mental? Esta pregunta no es retórica, es una denuncia.
El psiquiatra español José Luis Marín lleva años sosteniendo algo que molesta al establishment de la salud mental: EL SISTEMA NO CURA, CLASIFICA. No escucha, etiqueta. Y esa distinción, tan sencilla de enunciar, tiene consecuencias devastadoras para millones de personas que ingresan al circuito diagnóstico sin salir de él jamás. En sus obras, Marín señala que la psiquiatría contemporánea abandonó al sujeto para abrazar la categoría. 🗣️ El paciente dejó de ser alguien con una historia, con vínculos, con un contexto, para convertirse en un conjunto de síntomas que coinciden con un código del DSM.
El DSM, el manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría, ha crecido de manera exponencial desde su primera edición. Donde antes había pocas categorías, hoy existen cientos. Cada edición incorpora nuevas patologías, amplía criterios, reduce umbrales. Lo que en una generación era timidez, hoy es trastorno de ansiedad social. Lo que era tristeza por una pérdida, hoy puede recibir un diagnóstico de depresión mayor a las pocas semanas.
Marín advierte que este proceso no responde a descubrimientos científicos sino a consensos de comités, muchos de cuyos miembros tienen vínculos con la industria farmacéutica.
No es el único que lo señaló. Mucho antes, Thomas Szasz publicó El mito de la enfermedad mental (1961), obra fundacional donde argumentaba que la mayoría de los llamados trastornos mentales no son enfermedades en sentido médico estricto sino problemas de la vida, conflictos morales y existenciales disfrazados de patología. Szasz pagó un precio alto por decirlo. Fue marginado, cuestionado, acusado de negar el sufrimiento. Pero el tiempo fue dándole la razón en muchos puntos. Su otra obra capital, La fabricación de la locura (1970), trazó un paralelo brutal entre la Inquisición y la psiquiatría moderna, ambas, decía, persiguen a quienes se desvían de la norma, solo cambian los instrumentos.
Slavoj Žižek, desde otro ángulo, señaló algo similar, el psicoanálisis y la psicología pop funcionan hoy como ideología. Nos ofrecen un lenguaje para hablar de nosotros mismos que en realidad nos adapta al sistema en lugar de interpelarlo. El malestar no desaparece, se privatiza. Se vuelve mi problema, mi diagnóstico, mi medicación, y deja de ser una pregunta colectiva sobre las condiciones en que vivimos.
Marín empuja en esa misma dirección. En sus conferencias y escritos sostiene que el sufrimiento psíquico es real, nadie lo niega, pero que convertirlo automáticamente en enfermedad es un error epistémico y ético. Porque al hacerlo, se desresponsabiliza al contexto, se silencia la historia del sujeto y se instala una lógica de mantenimiento crónico donde el objetivo ya no es sanar sino gestionar. 🗣️ El paciente ideal del sistema actual es el que toma su medicación, no falta a los controles y aprende a convivir con su diagnóstico de por vida.
Lo que Marín propone, en cambio, es volver a escuchar. Volver a preguntar. Detenerse ante una persona y acompañar su relato antes de abrir el manual. Hay una diferencia enorme entre decirle a alguien "tenés trastorno de personalidad límite" y preguntarle qué le pasó, cuándo empezó, qué perdió, a quién amó y perdió en el camino.
La salud mental se convirtió en industria. Eso no significa que el sufrimiento sea falso. Significa que el sufrimiento fue capturado por una lógica que lo administra sin resolverlo. Y mientras tanto, la persona concreta, con nombre y apellido, con miedo y con historia, sigue esperando que alguien la mire a los ojos y la escuche de verdad.Eso es lo que el sistema lleva décadas sin hacer bien.
Julio César Cháves
