PORQUE CIERTOS PROFESORES TIENEN LA NECESIDAD DE HUMILLAR A SUS ALUMNOS?

¿Por qué ciertos profesores tienen la necesidad de humillar a sus alumnos?

 Hay algo que se repite en demasiadas aulas y que nadie quiere nombrar con la crudeza que merece: la humillación como método. No es “exigencia”. No es “formar carácter”. Es otra cosa. Es el disfrute sutil, o no tan sutil, de doblar a alguien que no puede defenderse.

 La psicología oscura no es una metáfora. Existe. Se estudia. Hay expertos que dedican años a mapear estas dinámicas: el narcisismo, el sadismo de baja intensidad, la necesidad de control disfrazada de autoridad. Y en el aula encuentran el terreno perfecto. Un adulto con poder formal frente a un grupo de adolescentes o niños que todavía no tienen las herramientas para responder. El profesor que humilla no está enseñando. Está alimentándose.

 ¿Qué necesita ese docente? Necesita sentir que todavía manda. Necesita que alguien baje la mirada. Necesita que el silencio de la clase confirme que él sigue siendo el más grande de la habitación. Porque afuera, en su vida real, probablemente no lo es. El aula se convierte en el único escenario donde puede ejercer dominio sin consecuencias inmediatas. Y eso es adictivo.

 La dinámica es simple y perversa. El alumno que pregunta de más, el que duda, el que no entiende a la primera, el que se ríe en el momento equivocado… se transforma en el chivo expiatorio. No porque merezca corrección, sino porque su vulnerabilidad activa el impulso de aplastar. Hay profesores que no toleran la inteligencia ajena cuando no está subordinada.
Hay profesores que confunden respeto con miedo. Y hay profesores que, simplemente, disfrutan del momento en que un pibe se pone rojo y calla.

Esto no es “falta de pedagogía”. Es estructura de personalidad. El sadismo intelectual existe. El narcisista herido existe. El que proyecta su propia mediocridad sobre los más jóvenes existe. Y cuando esa persona consigue un cargo docente, el daño se institucionaliza. La escuela, en vez de proteger, a veces habilita. El “así son las cosas” se vuelve cómplice.

La humillación en el aula no educa. Deforma. Genera vergüenza tóxica, inhibe la curiosidad, enseña que preguntar es peligroso y que equivocarse es imperdonable. El alumno aprende a sobrevivir, no a pensar. Aprende a bajar la cabeza, no a levantar la voz. Y eso, a largo plazo, produce adultos que desconfían de sí mismos y que repiten, en otros ámbitos, la misma dinámica de sumisión o de abuso.

 Hay una diferencia abismal entre el docente exigente y el docente humillante. El primero corrige el error. El segundo ataca a la persona. El primero sostiene el estándar. El segundo sostiene su ego. El primero quiere que el alumno crezca. El segundo necesita que el alumno se achique para sentirse grande.

No todos los profesores son así. La mayoría no lo es. Pero los que sí lo son dejan una marca que dura años. Y mientras se siga justificando con frases vacías del tipo “yo también sufrí y mirá cómo salí”, el ciclo continúa. La violencia simbólica no necesita gritos. A veces alcanza con una mirada, con un comentario sarcástico, con una nota injusta, con la exposición pública del error.
La pregunta no es solo por qué lo hacen. La pregunta es cómo no dejar que esa psicología te destruya por dentro.

Hay dos formas concretas de manejarla.

La primera: no internalizar. Cuando el ataque llega, el impulso automático es creerlo. “Soy un boludo”. “No sirvo”. “Merezco esto”. Ese es el momento exacto en que la psicología oscura gana. La salida no es pelear ni responder. Es reconocer el patrón en tiempo real: “Esto no es sobre mí. Esto es sobre su necesidad de sentirse superior”. Nombrarlo internamente corta el circuito. La vergüenza deja de pegar tan hondo porque deja de ser tuya.

La segunda: construir un espacio interno que no dependa del aula. El profesor humillante necesita que tu valor esté atado a su mirada. La forma de romper esa dependencia es tener otras fuentes de confirmación: un hobby donde te sentís competente, una relación donde te respetan, un registro privado de lo que sí sabés hacer. Cuando el golpe llega, ese espacio actúa como amortiguador. No te vuelve invulnerable, pero te impide caer completo.

Estas dos estrategias no confrontan al docente. Lo desactivan desde adentro. Porque la psicología que busca destruirte solo funciona si le prestás tu autoestima. Cuando dejás de dársela, el poder se le agota.

Julio César Cháves

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