LA IA TE VA A DEJAR SIN TRABAJO?

¿La IA te va a dejar sin trabajo?

Un robot sentado en un banco de escuela. Abriendo un libro viejo, de esos que todavía huelen a biblioteca y a polvo de estantería. Atrás, pibes con pantallas flotando en el aire, mirando letras que se mueven solas. ¿Te da miedo? A mí no. Me da lástima.

Nos pasamos veinte años enseñando a los chicos a ser robots. A memorizar, a repetir, a no equivocarse. A ser prolijitos, calladitos y a entregar la tarea en tiempo y forma. Les enseñamos que el error era una falta, que dudar era perder tiempo y que preguntar demasiado molestaba.
Les pedimos que copiaran, que subrayaran, que respondieran exactamente como decía el libro. Y ahora que llegó un robot de verdad que hace todo eso más rápido, más limpio y sin cansarse, entramos en pánico.

Y obvio que te va a reemplazar si tu laburo es copiar y pegar. Si tu clase se reduce a dictar la misma consigna que ya está en internet, a corregir con la misma rúbrica que cualquier algoritmo puede aplicar y a entregar un feedback genérico que no mira la cara del pibe, entonces sí. La máquina lo hace mejor. Y no se cansa, no se enoja, no tiene días malos y no necesita café.

Pero escuchame bien.
Ningún robot puede mirar a un pibe a los ojos cuando está a punto de llorar porque no entiende la consigna y decirle “tranquilo, vamos de nuevo, yo estoy acá”. Ningún modelo de lenguaje puede sentir el momento exacto en que un adolescente baja la mirada porque se avergüenza de no saber, y elegir quedarse callado dos segundos más para que no se sienta juzgado.
Ninguna inteligencia artificial puede notar que ese silencio no es desinterés, sino miedo. Y mucho menos puede responderle con el cuerpo entero, con la voz baja, con la paciencia que solo se aprende después de haber fallado mil veces vos mismo. Eso no lo hace ChatGPT. Eso lo hacés vos.

Paulo Freire lo dijo con claridad hace más de cincuenta años en Pedagogía del oprimido (1970), la educación no es transferencia de contenidos, es un acto de diálogo, de presencia, de reconocimiento del otro. Cuando el docente se convierte en simple transmisor, deja de educar y empieza a depositar. La máquina deposita perfecto. El vínculo, no.

Ken Robinson, en El elemento (2012), insistía en que el sistema escolar clásico formatea a los chicos para que se parezcan lo más posible a un proceso estandarizado. Ahora ese proceso lo hace una IA en milésimas de segundo. Lo que queda, lo único que no se puede automatizar, es lo que Robinson llamaba encontrar el elemento, el punto donde el talento se cruza con la pasión. Y eso solo se descubre cuando alguien te mira de verdad y te dice que vale la pena intentarlo otra vez.

Daniel Goleman, en Inteligencia emocional (1996), ya advertía que el coeficiente intelectual predice muy poco del éxito real. Lo que marca la diferencia es la capacidad de leer emociones, de regularse y de sostener al otro. Eso no se programa. Se vive. Howard Gardner, en Inteligencias múltiples, La teoría en la práctica, nos recordó que hay formas de inteligencia que no entran en un test, la interpersonal, la intrapersonal, la que permite acompañar a alguien que está a punto de rendirse.

La pregunta no es si la IA te va a dejar sin laburo. La pregunta es si vos estás enseñando algo que una máquina no pueda copiar en dos segundos. Si tu aula sigue girando alrededor de la respuesta correcta, del contenido que ya está digitalizado y de la evaluación que se puede automatizar, entonces sí, estás en problemas. Pero si enseñás vínculo, si enseñás a pensar, a dudar, a preguntar, a bancarse la frustración y a volver a intentarlo, entonces quedate tranquilo. Tenés laburo para cien años más.

Porque lo que más necesita un pibe hoy no es más información. Información sobra. Lo que falta es alguien que lo mire de verdad. Alguien que no le tenga miedo al error. Alguien que sepa que el aprendizaje no es una línea recta ni un puntaje, sino un camino lleno de vueltas, de vergüenza y de pequeñas victorias que solo se celebran cuando hay otro ser humano del otro lado.

La inteligencia artificial puede generar mil explicaciones perfectas. Puede adaptar el nivel, puede sugerir ejercicios, puede hasta detectar patrones de error. Pero no puede sostener la mirada de un chico que se siente un fracaso. No puede decidir, en una fracción de segundo, si conviene empujar o esperar. No puede transmitir, sin palabras, que vale la pena seguir intentando aunque duela.
Eso sigue siendo nuestro terreno. Y es un terreno que no se automatiza.

Así que dejá de preguntarte si la IA te va a reemplazar. Empezá a preguntarte qué parte de tu trabajo es irreemplazable. Y cuidala. Defendela. Enseñala con más fuerza que nunca. Porque mientras haya pibes que necesitan que alguien les diga “yo estoy acá”, va a haber laburo para los que sepan estar.

¿Vos qué opinás? Te leo abajo.

Julio César Cháves | Escritor – Psicopedagogía

#Educación #InteligenciaArtificial #Docentes #Aula #VínculoEducativo #FuturoDelTrabajo #PensamientoCrítico #Psicopedagogía 

Ver menos

— con Benjamin Chaves y 

5 personas más en Bs.As.- Argentina.