¡ESCLAVOS DE SU PROPIO EXITO!

ESCLAVOS DE SU PROPIO «ÉXITO»

Hay gente que se levanta cada mañana con la misma frase martillándole la cabeza, «tengo que producir más». Más plata, más clientes, más proyectos, más reconocimiento. Trabajan doce, catorce, dieciséis horas. Contestan mails a la madrugada. Cancelan el cumpleaños del hijo porque “hay una reunión importante”. Llegan tarde al recital de la hija porque “el cierre de mes no espera”. Viven como si el tiempo fuera infinito y la vida una carrera sin línea de llegada.

Byung-Chul Han lo dijo con claridad en La sociedad del cansancio, ya no necesitamos un patrón que nos azote. Nos azotamos nosotros mismos. Somos a la vez el verdugo y la víctima. La explotación cambió de dueño. Ahora es interna, voluntaria, disfrazada de libertad y de éxito. El sujeto del rendimiento se dice “sí puedo” y se lanza a una carrera sin descanso. Cree que está realizándose cuando en realidad se está consumiendo.

El dinero y el prestigio se convierten en la medida de todo. Cuanto más se acumula, más se necesita. El que gana bien se siente obligado a ganar mejor. El que llega a un objetivo ya tiene el siguiente en la cabeza. La vida se transforma en una lista interminable de metas. Y mientras se cumple esa lista, se pierden las únicas cosas que no se pueden recuperar, el momento en que el hijo dio sus primeros pasos, la mirada de la pareja en una cena sin celular, el silencio de una tarde sin agenda, la conversación profunda que solo aparece cuando uno está presente.

Viven como si fueran eternos. Como si siempre hubiera tiempo para después. Como si el cuerpo y el alma aguantaran cualquier ritmo. Pero la vida es efímera. Un día el corazón avisa, o la depresión aparece sin permiso, o simplemente uno se mira al espejo y descubre que se perdió la propia existencia.

El éxito entre comillas tapa la verdadera felicidad. Ese brillo externo muchas veces es solo la máscara de un vacío interior que no se llena con más horas de trabajo ni con más ceros en la cuenta.

Trabajar hasta el cansancio no hace más felices. Tener mil objetivos no da sentido a la vida. Al contrario, la multiplica en fragmentos tan pequeños que ya no se puede habitar ninguno. La persona se convierte en un empresario de sí misma, siempre en deuda con su propio rendimiento. Y cuando el rendimiento baja, llega la culpa. Cuando el cuerpo dice basta, llega la vergüenza. Porque en esta lógica el descanso se siente como fracaso y el ocio como pecado.

Han habla de una violencia neuronal. Ya no es la violencia externa de las sociedades disciplinarias. Es una violencia que viene de adentro, del exceso de positividad, del “podés con todo”. El resultado es una sociedad de agotados, de deprimidos, de personas que se sienten libres mientras se autoexplotan hasta el colapso.

Hay quienes siguen creyendo que el sacrificio infinito es virtud. Que perderse los cumpleaños, las tardes de juego, los viajes postergados, las conversaciones que nunca se tuvieron, es el precio necesario del triunfo. Se equivocan. Ese precio es demasiado alto. Porque cuando finalmente “llegás”, muchas veces descubrís que no hay nadie esperándote. Que los hijos ya crecieron sin vos. Que la pareja se cansó de esperar. Que vos mismo te volviste irreconocible.

La vida no se mide en facturas emitidas ni en horas facturables. Se mide en presencia. En la capacidad de estar donde se está, de mirar a quien se tiene enfrente, de decir no cuando el cuerpo y el alma piden un respiro.

El verdadero éxito no es el que se exhibe en redes ni el que se cuenta en las cenas de negocios. Es el que permite llegar al final del día sin haber traicionado lo que realmente importa. Dejar de ser esclavo del propio éxito no es resignarse. Es recuperar la soberanía sobre el propio tiempo. Es entender que la vida es corta y que cada momento perdido en nombre de una meta abstracta es un momento que no vuelve.

El cansancio que produce la autoexplotación no crea nada. Solo desgasta. El otro cansancio, el que llega después de haber vivido de verdad, ese sí reconcilia.

Hay que elegir. Seguir corriendo detrás de una felicidad que se esfuma cada vez que se la alcanza, o detenerse lo suficiente como para recordar que existimos. Que el tiempo se acaba. Que lo único que realmente pesa al final no es cuánto se produjo, sino cuánto se estuvo presente mientras se vivía.

Julio César Cháves

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