
El aula perdió la autoridad
La imagen lo dice todo. A un lado, 1962, un aula sobria, un pizarrón de tiza, una bandera, un globo terráqueo. Tres adultos miran con gravedad a un nene que baja la cabeza, cuaderno en la mano, zapatos lustrados. Silencio. Autoridad. Vergüenza sana. Del otro lado, 2026, un aula blanca, proyector, pupitres de plástico. Los padres gesticulan, la docente se defiende, el pibe se apoya contra la pared con los brazos cruzados y una sonrisa de superioridad. El mensaje es brutal, el poder cambió de manos.
Esa foto no es nostalgia barata. Es el retrato del fracaso educativo contemporáneo. Hoy se habla de inclusión, de contención, de “espacios seguros”. En la práctica se traduce en impunidad. El docente perdió autoridad. El alumno se volvió cliente. El error se disfraza de “diversidad de perspectivas” y la falta de esfuerzo se justifica con diagnósticos improvisados.
La falsa inclusión no integra, diluye. No eleva al que va atrás, baja el listón para que nadie se sienta mal. El resultado es una generación que no tolera la frustración, que confunde respeto con sumisión y que cree que el mundo le debe algo solo por existir.En los tiempos que la imagen de la izquierda evoca, el maestro tenía peso. Reprender no era abuso, era formación. Un llamado de atención, una nota baja, una sanción clara enseñaban que las acciones tienen consecuencias. Hoy eso se considera violencia simbólica. Preferimos el diálogo infinito, las asambleas donde el que más grita gana y la idea de que “no hay verdades absolutas”. Ese relativismo moral es el veneno que corroe todo. Si nada es bueno ni malo de manera objetiva, entonces nada importa de verdad. Solo queda la opinión del momento, el sentimiento de turno, el like de la tarde.
A este respecto, el psiquiatra español Enrique Rojas lo diagnosticó hace décadas en El hombre light (1992). Describió a un sujeto bien informado pero superficial, que lo acepta todo y no se compromete con nada. Hedonismo, consumismo, permisividad y relativismo forman su tetrálogo. Vive de estímulos rápidos, de sensaciones pasajeras, de un presente eterno sin raíz ni dirección.
Ese hombre light no nace solo, se fabrica en las aulas que renuncian a la exigencia y en los hogares que delegan la educación a las pantallas. Rojas escribe: “Se trata de un hombre relativamente bien informado, pero con escasa educación humana… que lo acepta todo, pero que carece de unos criterios sólidos en su conducta… en el que anida un gran vacío moral.”
Las redes sociales aceleran el proceso. El scroll infinito es la nueva droga. Horas enteras de contenido fragmentado, de opiniones sin fundamento, de comparaciones tóxicas. El cerebro se acostumbra a la recompensa inmediata y se atrofia para el esfuerzo sostenido. Leer un libro tradicional exige concentración, paciencia, capacidad de sostener una idea a lo largo de páginas. Exige silencio interior. Hoy eso suena a castigo. Preferimos el video de treinta segundos que confirma lo que ya pensamos. 🗣️ La lectura profunda, la que forma criterio, se vuelve un acto de resistencia.
Volver a los tiempos de antes no significa copiar la estética de 1962 ni idealizar una época imperfecta. Significa recuperar lo esencial, que es la autoridad del adulto que sabe más, el derecho del docente a poner límites sin miedo a una denuncia, la obligación del alumno de esforzarse y de asumir las consecuencias.🗣️ Educar no es hacer sentir bien. Educar es formar voluntad.
Rojas insiste en que educar es amar con disciplina, dar raíces y alas. Sin raíces no hay vuelo. Sin disciplina no hay libertad verdadera.
El fracaso actual se mide en cifras y en caras. Adolescentes que no saben escribir una oración coherente, que no distinguen un hecho de una opinión, que colapsan ante la primera dificultad. Universitarios que llegan sin hábitos de estudio. Profesionales que dominan herramientas pero carecen de criterio moral. Una sociedad que premia la víctima y desconfía del esfuerzo. Esa no es inclusión, es abandono disfrazado de empatía.
Hay que decirlo sin vueltas. El aula necesita de nuevo la mirada seria de los adultos de 1962. Necesita que el pibe baje la cabeza cuando se equivoca, no porque lo humillen, sino porque entiende que errar tiene peso. Necesita profesores que puedan ejercer autoridad sin pedir disculpas. Necesita padres que acompañen en vez de confrontar. Y necesita, sobre todo, que dejemos de temer a la verdad. Porque sin verdad no hay educación. Solo hay entretenimiento caro y vacío.
La imagen de 2026 no es el futuro inevitable. Es la advertencia. Todavía se puede elegir. Todavía se puede recuperar el valor de la disciplina, del libro que se lee de principio a fin, de la autoridad que forma y no oprime. Todavía se puede dejar de fabricar hombres light y empezar a formar personas con sustancia. El resto es discurso. El resto es scroll.Julio César Cháves
