
Contra la medicalización de la infancia: por qué los psicofármacos no deberían ser la respuesta
Cada vez más niños y adolescentes salen del consultorio con una receta de estimulantes, antidepresivos, ansiolíticos o antipsicóticos. Lo que antes se resolvía con límites, contención, tiempo o cambios en la escuela y la casa hoy se traduce en pastilla. Esta tendencia no es progreso. Es un error cultural y clínico de consecuencias graves.
Allen Frances, quien presidió el grupo de trabajo del DSM-IV, reconoció públicamente su responsabilidad parcial en tres “epidemias falsas”, el autismo, el déficit de atención y el trastorno bipolar infantil. En su libro Salvar lo normal (2013) advirtió que los criterios se ampliaron tanto que la inmadurez se convirtió en enfermedad. Estudios de varios países muestran que el niño más chico del grado tiene casi el doble de probabilidades de recibir diagnóstico de TDAH y medicación que el más grande. No cambió el cerebro de los chicos. Cambió la mirada de los adultos.Robert Whitaker, autor de Anatomía de una epidemia (2010), documentó un fenómeno inquietante. Mientras se disparaba la prescripción de psicofármacos, también crecía el número de personas discapacitadas por enfermedad mental. En niños el salto fue aún más brutal. Whitaker sostiene que estos fármacos pueden aliviar síntomas a corto plazo pero empeoran el curso a largo plazo, generan dependencia y, en muchos casos, nuevos problemas.
Los datos sobre antidepresivos en menores son especialmente claros, la evidencia de eficacia es débil o inexistente frente a placebo, y el riesgo de ideación suicida aumenta. Por eso la FDA de Estados Unidos colocó la “caja negra” de advertencia en estos medicamentos para menores de 18 años.
Joan-Ramon Laporte, en Crónica de una sociedad intoxicada (2024), lo resume sin rodeos: los psicofármacos ya no se usan solo para tratar enfermedades, se usan para tratar el malestar. La industria quiere vender y la medicalización de los sufrimientos de la infancia y la adolescencia es un drama.
En la misma línea, el psiquiatra Josep Moya observa que la tendencia es medicalizar cada vez más, priorizando la biología por sobre lo social y ambiental.Los riesgos no son teóricos. Antipsicóticos usados fuera de ficha técnica en niños elevan el riesgo de diabetes, aumento de peso y problemas metabólicos. Estimulantes pueden afectar el sueño, el apetito y el crecimiento. Ansiolíticos generan tolerancia y dependencia en cerebros que todavía se están formando. La mayoría de estas prescripciones en menores se hacen sin la evidencia sólida que se exige para otros tratamientos.
El daño va más allá de los efectos secundarios. Cuando se le dice a un niño que su inquietud, su tristeza o su rabia son una enfermedad cerebral que debe corregirse con pastillas, se le roba la posibilidad de aprender a regularse, de tolerar la frustración y de construir resiliencia. Se desplaza la responsabilidad hacia la química individual y se dejan de interrogar las condiciones reales, aulas saturadas, pantallas constantes, falta de sueño, hogares tensionados o simple ausencia de adultos disponibles.
Desde mí mirada de psicopedagogo en formación que voy a cuarto año, veo cómo se confunde dificultad con patología. Un chico que no se concentra, que se mueve o que se resiste no necesita automáticamente una etiqueta y una pastilla. Necesita que alguien mire el contexto, el vínculo, las condiciones de enseñanza y las herramientas reales que tiene disponibles. 🗣️ La respuesta prioritaria no puede ser farmacológica. La evidencia apunta a que el acompañamiento, los cambios ambientales y el tiempo suelen ser más seguros y, a largo plazo, más efectivos.
Convertir la infancia en un territorio de diagnósticos y recetas no protege a los chicos. Los expone a riesgos innecesarios y les enseña que sus emociones difíciles son un defecto a medicar. La infancia no necesita más pastillas. Necesita adultos que sostengan la complejidad sin apurarse a etiquetar y medicar. Cada receta que se evita es una oportunidad de respetar el desarrollo de un cerebro que todavía está en construcción.Julio César Cháves
