¡LA ANSIEDAD COMO NEGOCIO PSIQUIATRICO!

LA ANSIEDAD COMO NEGOCIO PSIQUIÁTRICO

 En 1980 ocurrió algo que pocos recuerdan pero que lo cambió todo. Ese año se publicó la tercera edición del DSM, el manual diagnóstico de la psiquiatría norteamericana, y con ese documento comenzó uno de los procesos de falsificación conceptual más rentables de la historia de la medicina. José Luis Marín, psiquiatra español con décadas de clínica encima, lo dice sin anestesia: AHÍ SE ARRUINÓ LA PSIQUIATRÍA.

 La ansiedad no es un trastorno. Es un síntoma. La diferencia no es semántica ni un capricho teórico, es la diferencia entre tratar una causa y anestesiar una señal. Así como la fiebre no es una enfermedad sino la respuesta del organismo ante una infección, la ansiedad es la respuesta del organismo ante el miedo. Tratar la ansiedad como trastorno autónomo es tan absurdo como crear un "trastorno por fiebre" y recetar antipiréticos de por vida sin preguntar qué tiene el paciente adentro.

 Lo que el DSM hizo, edición tras edición, fue convertir síntomas en diagnósticos y diagnósticos en mercados. El mecanismo es elegante en su cinismo, primero se define una categoría clínica, luego se desarrolla el fármaco que la trata, luego se forma a dos generaciones de psiquiatras y psicólogos en ese lenguaje, y finalmente el paciente llega a la consulta ya con el diagnóstico hecho, reproduciendo el vocabulario que el sistema le enseñó. 
Hoy la gente no dice "estoy asustado" ni "no puedo con esto". Dice "tengo ansiedad". La industria farmacéutica no podría haber llegado tan lejos sin la complicidad activa de médicos, universidades y facultades de psicología. Eso, en derecho penal, tiene nombre, cooperación necesaria.

 La psicóloga crítica Joanna Moncrieff, investigadora de la University College London, lleva años documentando cómo los MODELOS BIOLÓGICOS de la salud mental sirven ante todo a intereses comerciales. Su trabajo sobre el mito del desequilibrio químico, desarrollado en profundidad en El mito del medicamento (2008), muestra que las modificaciones en neurotransmisores que se citan para justificar el tratamiento farmacológico de la ansiedad, dopamina, ácido glutámico, GABA, son consecuencia del malestar, no su causa. Patologizar esas variaciones neurológicas es confundir el humo con el incendio.

Pues bien, ¿qué es entonces la ansiedad? Es miedo. Miedo que en nuestra cultura ya no se puede nombrar como tal. Vivimos en sociedades que idealizan el rendimiento, la autonomía y la invulnerabilidad. En ese marco, decir "tengo miedo" resulta casi una confesión vergonzante. Decir "tengo ansiedad", en cambio, es tener un diagnóstico clínico, una condición objetivable, algo que ocurre en el cerebro y que por lo tanto no dice nada de quién uno es. El lenguaje psiquiátrico funcionó así como una coartada cultural, individualizó el sufrimiento, lo despojó de su contexto y lo convirtió en enfermedad. Lo que era político, colectivo, biográfico, se volvió personal y farmacológicamente tratable.

 El sociólogo Alain Ehrenberg, en La fatiga de ser uno mismo (1998), ya señalaba que la depresión y los trastornos de ansiedad son el reverso del mandato contemporáneo de autorrealización. No es que haya más enfermos. Es que hay más personas atrapadas entre lo que se supone que deben ser y lo que pueden ser. Esa brecha duele. Y ese dolor, cuando se lleva al consultorio, recibe un código diagnóstico.

 El tratamiento de la ansiedad entendida como síntoma exige algo radicalmente distinto a la prescripción de ansiolíticos o a las técnicas de regulación emocional que hoy proliferan en redes. Exige preguntarle al paciente qué le da miedo. Su trabajo, su hipoteca, su historia, sus vínculos, su futuro. NADIE ESTÁ ANSIOSO SIN MOTIVO, del mismo modo que nadie tiene fiebre sin motivo. La diferencia es que a la fiebre todavía le buscamos la causa.

El sufrimiento es real. Eso no está en discusión. Lo que está en discusión es si ese sufrimiento constituye una enfermedad mental, si tiene sede en el cerebro, y si su tratamiento pasa por la farmacología crónica. Las tres respuestas, a la luz de la evidencia acumulada, son negativas. Y mientras el sistema siga respondiendo que sí, seguirá habiendo millones de personas medicadas que siguen preguntándose por qué no mejoran, sin que nadie les haya preguntado de qué tienen miedo.

Julio César Cháves

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