¡DE NIÑO DIFICIL A PACIENTE CRONICO!

De “niño difícil” a “paciente crónico”, la industria que convirtió la infancia en mercado

Hubo un tiempo en que un chico inquieto, distraído o demasiado intenso era simplemente un chico. Hoy ese mismo comportamiento se transforma, con sospechosa facilidad, en un diagnóstico, un código de la DSM y una receta. Lo que antes se resolvía con tiempo, juego, límites claros o un cambio de mirada ahora se resuelve con pastillas. 

La infancia dejó de ser un territorio de desarrollo para convertirse en un mercado.

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) no es un libro de ciencia objetiva. Es un documento de consenso, revisado por comités, influido por presiones profesionales y, en no pocos casos, por intereses comerciales.

Allen Frances, que dirigió la edición del DSM-IV, lo reconoció después con claridad, las ampliaciones diagnósticas generaron “epidemias” artificiales de TDAH, autismo y trastorno bipolar infantil. Él mismo advirtió que el DSM-5 profundizaba el problema al convertir rabietas, distracciones y variaciones normales del desarrollo en trastornos. Lo que se presentaba como progreso científico terminó siendo inflación diagnóstica.

Sami Timimi, psiquiatra infantojuvenil británico, va más lejos. Para él el TDAH no es una enfermedad cerebral descubierta, sino un constructo cultural. No existen marcadores biológicos específicos, ni pruebas médicas objetivas que lo confirmen. Lo que existe es una lista de comportamientos que, en determinados contextos sociales y escolares, se vuelven intolerables. Timimi sostiene que el diagnóstico funciona como una marca comercial, ofrece una explicación simple, una solución farmacológica y un relato de “cerebro diferente” que cierra la posibilidad de mirar el entorno, la escuela o las expectativas adultas. En sus palabras, hemos convertido la diversidad del desarrollo infantil en una mercancía.

Peter Breggin lleva décadas denunciando que los psicoestimulantes y otros psicofármacos no corrigen un desequilibrio químico inexistente. Actúan como agentes que desactivan funciones cerebrales, aplanan la espontaneidad y, a largo plazo, pueden generar más problemas de los que pretendían resolver. 
Robert Whitaker, en Anatomía de una epidemia, documentó cómo el aumento masivo de diagnósticos y de prescripciones en niños coincide con un aumento de la discapacidad psiquiátrica a largo plazo. Los datos de seguimiento del estudio MTA del NIMH mostraron que, pasado el primer año, el uso continuado de medicación no mejoraba los resultados y, en varios indicadores, se asociaba a un empeoramiento.

La lógica es circular y perfecta para el mercado. Primero se amplía la definición de lo patológico. Después se educa a docentes y padres para que detecten “síntomas”. Luego aparece el fármaco como solución rápida a un aula saturada o a una familia desbordada. El niño deja de ser alguien que necesita tiempo, movimiento, límites o un entorno más flexible. Pasa a ser un paciente crónico en potencia. La industria farmacéutica gana. El sistema educativo se descomprime. Y el aprendizaje real, ese que requiere frustración, curiosidad, error y emoción, se ve desplazado por un estado de “funcionamiento aceptable”.

Con todo esto que estoy afirmando no se trata de negar que existen chicos con dificultades serias que necesitan acompañamiento. Se trata de rechazar la idea de que la respuesta masiva y prioritaria sea el diagnóstico y la pastilla. Cuando la inquietud, la distracción o la intensidad se convierten automáticamente en trastorno, se pierde de vista que muchas de esas conductas son adaptativas, evolutivas o simplemente humanas. 
 Se pierde también la posibilidad de preguntarnos qué tipo de infancia estamos construyendo, una que tolera la diferencia o una que la corrige químicamente para que entre en el molde.

El niño difícil de antes hoy es el paciente de mañana. Y mientras ese pasaje se naturaliza, la industria sigue expandiendo el catálogo de lo que puede ser medicado. Recuperar la infancia implica, entre otras cosas, recuperar el derecho a no ser diagnosticado por el solo hecho de no encajar.

Julio César Cháves

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