COMO LE ROBAMOS LA INFANCIA A NUESTROS HIJOS SIN DARNOS CUENTA!

CÓMO LE ROBAMOS LA INFANCIA A NUESTROS HIJOS SIN DARNOS CUENTA

El robo más grande de este siglo no ocurrió en un banco. No hubo alarmas, ni cámaras, ni policías que llegaran tarde. Ocurrió en la sala de tu casa, en la cocina, en el asiento trasero del auto. Y lo más perturbador no es el robo en sí, es que abriste la puerta, entregaste el botín con una sonrisa y, en muchos casos, pagaste por él en cuotas mensuales. Lo que se llevaron no fue dinero, oro, plata. Fue algo que ninguna aseguradora del mundo puede reponer, la infancia de una generación completa.

Neil Postman lo advirtió hace décadas en La desaparición de la niñez (1982), la infancia no es un hecho biológico, es una construcción cultural. Y lo que una cultura construye, otra cultura puede demolerlo. Nosotros somos la cultura que la está demoliendo, con las mejores intenciones del mundo.

La infancia es un territorio, un espacio protegido donde un ser humano aprende, sin darse cuenta, las habilidades más difíciles de su existencia, estar consigo mismo, inventar mundos desde la nada, aburrirse hasta que el aburrimiento se convierte en imaginación, caerse sin público, equivocarse sin registro.

Durante siglos, ese territorio estuvo protegido por una muralla invisible, la lentitud. Los días de un niño eran largos, repetitivos, a veces insoportablemente vacíos. Y justo en ese vacío pasaba todo lo importante.

🗣️ El juego libre fue sustituido por el entretenimiento programado. La imaginación, por estímulos prefabricados que no dejan nada que imaginar. El aburrimiento, ese laboratorio silencioso donde nace la creatividad, fue declarado enemigo público y exterminado con una eficacia que ya quisieran los ejércitos. Y el silencio, materia prima del pensamiento, fue rellenado hasta el último segundo con sonido, color y movimiento.

Cada sustitución parecía inofensiva. Cada una parecía, incluso, un regalo. Esa es precisamente la firma de este robo, se disfraza de generosidad. El ladrón no arrebata, regala. Regala calma a los padres agotados, risas instantáneas, silencio en el restaurante. Y a cambio se lleva, en pagos pequeños e invisibles, la capacidad de una mente en formación para sostenerse a sí misma.

Blaise Pascal escribió en el siglo XVII una frase que hoy suena a profecía, toda la desgracia del hombre proviene de una sola cosa, no saber quedarse quieto en una habitación. Pascal no conocía las pantallas, pero conocía al ser humano. Lo que no pudo imaginar es que un día construiríamos una máquina perfecta para esa huida, la pondríamos en manos de niños de tres años y llamaríamos a eso progreso.

Un niño que jamás se aburre jamás descubre lo que su mente inventa cuando no tiene nada. Un niño que recibe una recompensa cada tres segundos jamás desarrolla el músculo de la espera. Y sin ese músculo, ninguna meta larga es posible, ni aprender un instrumento, ni dominar un oficio, ni construir un amor que dure.

Los mecanismos de la ceguera colectiva son tres.

👉 Primero, la ignorancia pluralista: cada adulto siente en privado que algo anda mal, pero al mirar alrededor y ver que todos actúan con normalidad, concluye que la alarma es exagerada. La preocupación de todos se disuelve en la calma aparente de todos.

👉 Segundo, la normalización gradual: ningún cambio brutal se acepta de golpe, pero cualquier cambio brutal se acepta en dosis pequeñas. Nadie propuso de una vez entregar a cada niño del planeta un dispositivo diseñado para capturar su atención el mayor tiempo posible. Llegó milímetro a milímetro, sin cruzar nunca una línea visible.

👉 Tercero, el más molesto: no vemos el robo porque nosotros también fuimos robados. El adulto que entrega la pantalla no es un verdugo, es una víctima anterior. Como señaló Carl Jung, los niños no aprenden lo que les decimos, aprenden lo que somos.

La atención de un ser humano es un recurso limitado. Cada persona tiene apenas unas dieciséis horas de vigilia al día, y cada minuto puede convertirse en dinero si logras capturarlo. En la economía de la atención, la mente de un niño no es un usuario, es un yacimiento. Especialmente valioso porque un hábito instalado a los cinco años puede rendir beneficios durante ochenta. Los sistemas de recomendación no fueron diseñados para educar ni para entretener, fueron diseñados para retener. Un niño frente a ese sistema no juega contra una máquina, juega contra miles de ingenieros brillantes cuyo salario depende de que él no suelte el aparato.

Arthur Schopenhauer escribió que la vida oscila como un péndulo entre el dolor y el aburrimiento. Durante siglos, esa oscilación fue la escuela secreta de la humanidad, del dolor aprendíamos resistencia, del aburrimiento aprendíamos creatividad. La economía de la atención descubrió cómo detener el péndulo, ofrece una anestesia tibia que no es dolor ni es aburrimiento ni es alegría, es distracción pura. Y una generación entera está creciendo en ese limbo, protegida del aburrimiento como si fuera una enfermedad, cuando en realidad el aburrimiento era la vacuna.

El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott llegó a una conclusión que hoy suena revolucionaria, la capacidad de estar solo es uno de los signos más importantes de madurez emocional. Y esa capacidad no nace del abandono, nace de la presencia, un niño aprende a estar solo estando acompañado por alguien que no lo invade, que no lo llena, que simplemente está. Presencia sin ruido, compañía sin estímulo. Exactamente las dos cosas que la vida moderna considera una pérdida de tiempo.

El filósofo Byung-Chul Han lo señaló con crudeza en La sociedad del cansancio (2010), acumulamos información y experiencias de segunda mano, pero la experiencia verdadera, la que transforma, exige lentitud, demora, que algo nos atraviese. Mil horas de contenido dejan menos huella que una tarde construyendo una cabaña torcida con ramas. Una infancia sin experiencias que atraviesen produce un adulto sin biografía interior, alguien que al mirar atrás encuentra un resplandor uniforme donde deberían estar los cimientos.

Friedrich Nietzsche advirtió sobre la llegada del último hombre, un ser humano que ya no aspira a nada grande, que confunde comodidad con felicidad, que parpadea ante cualquier idea exigente. Lo describió como una advertencia lejana. Nosotros lo estamos fabricando en serie, con un dispositivo en la mano desde antes de que aprenda a hablar.

Nunca en la historia una generación de adultos vigiló tanto el cuerpo de sus hijos y abandonó tanto su mente. Protegemos la rodilla y entregamos la mente. Tememos al extraño de la esquina y le abrimos la puerta al sistema que estudia a nuestro hijo mejor que nosotros mismos. Si un desconocido de carne y hueso pasara cuatro horas diarias a solas con un niño susurrándole qué desear, qué temer y a quién admirar, cualquier familia reaccionaria de inmediato. Cuando ese desconocido es un algoritmo, lo llamamos normalidad.

No existe una solución fácil. Quien venda una lista rápida de consejos vende más anestesia. Lo que existe es algo más difícil y más real, recuperar el territorio, palmo a palmo, empezando por el propio.

✍️ El primer movimiento es preguntarse qué vacío tuyo está tapando la pantalla del niño. La pantalla del niño es, muchas veces, el analgésico del adulto.

✍️ El segundo, devolverle lo robado, tiempo sin estructura, aburrimiento aunque suplique, naturaleza aunque sea un parque pequeño, conversación de verdad, tareas con las manos. ✍️ El tercero, aceptar el conflicto, el límite que se sostiene con calma comunica el mensaje más protector que existe. El límite que nunca se pone también comunica algo, y es devastador.

✍️ El cuarto, romper la ignorancia pluralista en voz alta. Las normas sociales no las cambian los gobiernos, las cambian las minorías que dejan de fingir normalidad.

Hace no tanto tiempo era normal fumar dentro de un auto con niños. Hoy resulta impensable. No cambió la nicotina, cambió lo que la gente estaba dispuesta a decir y con esto va a pasar lo mismo, tarde o temprano. La única pregunta es cuántas infancias más va a costar la demora.

Julio César Cháves

#Infancia#Tecnologíayeducación#Saludmental#Crianza#Desarrolloinfantil#Psicologíadeleducación#Parentalidad#Sociedad

Ver menos