
Mucha gente termina mal, no por falta de ganas, sino por exceso de confianza.
La tentación nunca te avisa que viene a arruinarte la vida. Al contrario, se te acerca como algo inofensivo, como una oportunidad o un gustito que «tienes bajo control». El problema es que muchos no cayeron por ser débiles, sino por creerse demasiado fuertes. Pensaron: «yo sé cuándo parar» o «a mí no me va a pasar nada».
Pero la Biblia no dice que te quedes ahí para demostrar que puedes aguantar. Al pecado no se le da explicaciones, se le da la espalda.
Fíjate en José: cuando la esposa de Potifar se le lanzó, él no se quedó a dialogar ni a probar su fuerza de voluntad. Simplemente salió corriendo (Génesis 39:12). Incluso Pablo, que era un gigante de la fe, nos dejó el consejo más práctico del mundo: «Huye» (1 Corintios 6:18, 2 Timoteo 2:22).
A veces pensamos que ser valiente es quedarse ahí firme ante la tentación, pero la verdadera madurez es obedecer a Dios aunque eso signifique salir huyendo. No confundas el orgullo con la valentía.
