
CÓMO EL SISTEMA CONVIRTIÓ A LOS NIÑOS NORMALES EN PACIENTES
Esta escena se repite en miles de hogares argentinos, un adulto lleva a un niño al médico porque "no para ni se queda quieto", "no obedece", "no se concentra". El profesional escucha, observa unos minutos, aplica un cuestionario y, con sorprendente velocidad, emite un diagnóstico. El niño sale con una etiqueta y, muchas veces, con una receta. Lo que antes se decía con naturalidad, ese chico tiene hormigas en el culo, hoy tiene un nombre técnico, un código en el manual diagnóstico y un tratamiento farmacológico. Algo se rompió en el camino.
Antes de empezar a desarrollar el artículo, conviene hacer una distinción necesaria. Existen condiciones neurológicas y psiquiátricas reales que requieren intervención especializada. Nadie debería negar esa realidad. Sin embargo, los datos obligan a preguntarse si estamos ante un fenómeno clínico genuino o ante algo más inquietante, la patologización sistemática de comportamientos que pertenecen, sencillamente, al repertorio normal del desarrollo infantil.
Según un informe de la Organización Mundial de la Salud de 2021, el diagnóstico de TDAH creció más de un 300% en dos décadas en países de ingresos medios y altos. En Estados Unidos, uno de cada diez niños en edad escolar recibe ese diagnóstico. En Argentina, los números siguen la misma tendencia ascendente. Cabe preguntarse: ¿se trata de una epidemia neurológica real, o de una epidemia diagnóstica?
La respuesta, según investigadores como Peter Gøtzsche, exdirector del Centro Nórdico Cochrane, apunta claramente hacia lo segundo. En su libro Psicofármacos que matan y denegación organizada (2013), Gøtzsche documenta cómo la industria farmacéutica financió investigaciones, formó líderes de opinión médica y amplió deliberadamente los criterios diagnósticos para incrementar mercados. El DSM, el manual que clasifica los trastornos mentales, pasó de 106 categorías en su primera edición a más de 300 en su quinta versión. Más categorías significan más diagnósticos posibles, y más diagnósticos posibles significan más pacientes disponibles.
Sin embargo, señalar solo a los laboratorios sería una postura parcial. El problema tiene raíces más profundas y más desagradables, porque involucra también a las familias, a las escuelas y a la propia sociedad adulta. Dicho esto con toda la claridad posible, cuando un sistema prefiere medicar a un niño antes que revisar las condiciones en que ese niño vive, aprende y crece, algo ha fallado mucho antes del consultorio.
El psicoanálisis freudiano enseñó algo que vale la pena recuperar, el síntoma no aparece en el vacío. Siempre hay un contexto. Un niño que no puede permanecer sentado en un aula durante seis horas consecutivas, frente a estímulos mínimos, con docentes desbordados y sin espacios de juego, no es necesariamente un niño enfermo. Puede ser un niño que responde de manera completamente lógica a un entorno que falla. Pero revisar el entorno exige esfuerzo colectivo. Medicar al niño es más rápido, más sencillo y, para el sistema, más rentable.
El psiquiatra infantil Sergio Levin, referente en Argentina, señala que el problema no es solo el sobrediagnóstico sino la elisión del contexto como variable diagnóstica. La pregunta clínica correcta no es únicamente "¿qué le pasa a este niño?" sino también "¿en qué contexto le pasa?", "¿quiénes son los adultos que lo rodean?", "¿cómo es la dinámica familiar?", "¿qué ocurre en esa escuela?" Esas preguntas llevan tiempo.
Un sistema de salud que funciona con turnos de quince minutos y metas de productividad no está diseñado para formularlas.Por ende, la crítica no puede dirigirse exclusivamente hacia los políticos de salud, aunque les cabe una responsabilidad central. Les cabe también a los docentes que derivan en lugar de acompañar, a los padres que prefieren una solución rápida antes que un proceso lento, y a una cultura que ha perdido la tolerancia por la niñez, la inquietud y la imperfección propias de la infancia. La neurociencia contemporánea, incluyendo los trabajos de Allan Schore sobre el desarrollo del sistema nervioso y la regulación emocional, es clara: los niños se desarrollan en relación, no en aislamiento diagnóstico.
En fin, frenar la patologización de la infancia no significa abandonar a quienes verdaderamente necesitan ayuda especializada. Significa restituir la complejidad donde hoy impera la simplificación. Significa que antes de ponerle un nombre a lo que "tiene" un niño, los adultos nos preguntemos honestamente qué está pasando con nosotros, con los vínculos que sostenemos, con las escuelas que construimos, con el tiempo que no le damos. Los niños, como siempre lo hicieron, nos están hablando. El problema es que aprendimos a acallarlos con una pastilla antes de aprender a escucharlos.Julio César Cháves
